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Burla o alianza: El Yo dividido de R.D. Laing1
English version

JOSEPH H. BERKE
Arbours Crisis Centre, London

Las burlas manan de las profundidades del embaucador, una figura arque-tipíca, parte mito, parte hombre y parte realidad psiquica. Como mito, el embaucador mantiene una sorprendente semejanza con la imagen alquímica de Mercurio, con su afición a los chistes taimados y las bromas trucadas de mercado par decirlo de alguna forma.

El embaucador es típicamente medio animal medio dios. Puede cambiar de forma y función con el guiño de un ojo y ocupar raudo la posición de la sabiduria del diablo, como en los festejos medievales cuando aparece como "el imitador de Dios".

En su forma humana, el embaucador demuestra un temperamento mercurial con repentinos giros de estado de ánimo y manierismos. En un momento determinado puede ser cálido y afectivo, pródigo en afectuoso trato con todo el mundo pero, de repente, puede volverse frio y hostil, evitando el contacto, desvinculado y distante. A su lado bestial le encanta impactar y dar miedo, pero tambien puede resultar gracioso y curar con un sonido atemperado 0 una mirada inefable.

Como la verdad psíquica, el embaucador ha sido identificado habitualmente con la "oscura sombra del Self', como un negro nubarrón de impulso envidioso. Pero esto es una realidad todavia par confirmar, de ahí en adelante puede convertirse en un sujeto benevolente que hace un trato, esperando agazapado volver a realizar una trampa. Para el embaucador, cambia es juego, confusón, la meta.

Habiendo dedicado varios años a estudiar y trabajar con R. D. Laing a mediados de los sesenta, y muchos más años reflexionando sabre los sucesos acontecidos par aquel entonces, creo que el termino "embaucador", ofrece una descripción valida para este escocés en sus muchas manifestaciones y transfonnaciones. Además, el concepto resume sucintamente la frase popularizada por Laing "el Yo dividido".

Se me ocurren dos ejemplos sobre la naturaleza mercurial de Laing, como sanador y como endiablado. La primera tiene que veT con una conferencia que ofreció en Vancouver, Canadá, en 1988, un año antes de morir. La televisión mostró después un video sobre la charla con el quijotesco titulo: "¿Acostumbra usted a R. D. Laing?". En él comenta una sesión que realizó con un hombre de mediana edad que se sentía "muy depresivo, pensando en el suicidio, en el umbral de la desesperación". En lugar de empezar con la típica historia psiquiátrica, preguntó al paciente: "¿Cuál fue la última vez que se encontró feliz?", continuando con: "¿Puede usted valorar en las últimas veinticuatro, cuarenta y ocho horas o más, el momento en que se sintió bien?"

El hombre respondió que le gustaba pasear y silbar. Laing le preguntó por el tono y empezó a silbar con él. A partir de ahi los dos se empezaron a contar chistes. Laing confesó que al final de la sesión se habían hecho amigos y habian pasado un buen rato. Entonces Laing señaló que habían pasado los cincuenta minutos y la sesión habia terminado. El hombre se encaminó hacia la puerta, pero se giró de pronto al recordar por qué había acudido a este encuentro: para conseguir ayuda para su depresión. Se quejó de que no habia sacado rendimiento a su dinero. Laing le replicó que durante cincuenta minutos habia conseguido olvidar su desesperación, ¿no merecía la pena el tiempo que habían pasado juntos? Ese Es el Laing embaucador en sus mejores momentos. Su trato rue bromear con una persona con ideas de suicidio sacándole de su desesperación.

El segundo ejemplo lo tomo de mi experiencia personal. En 1965 me trasladé a Londres desde Nueva York para estar con Laing. Rápidamente me vi con el, en sentido literal, arrojado a la más honda profundidad en lo concerniente a la relación que habia establecido con Mary Barnes (descrita eventualmente en el libro que escribimos juntos, Mary Barnes: dos relatos de un viaje a la locura) y, en general, por el torbellino de Kingsley Hall. En la primavera de 1966 me sentia confuso, deprimido y cerca del borde del abismo. De fonna que me dirigi a la persona por la que había vuelto mi vida del revés para pedir ayuda. En concreto, yo queriá yelle en terapia. Después de escuchar mi perorata, sugirió que viera a John Layard, un analista junguiano clásico (y antropólogo) que, como Laing y yo mismo, vivia en Kingsley Hall. De hecho, Layard, que luego descubrí que también había buscado ayuda en Laing para su depresion, estaba en terapia con él en aquella época.

Acepté con reparos a ver a Layard en su celda en lo alto de la casa. Se sentó en la cama. Yo me senté en una sillita cerca de él. Después de un rato de charla, me dijo que me acercara y que le pusiera el dedo en la sien. Lo hice y me guió hacia un orificio bajo la piel. Me contó que en una ocasión habia intentado volarse el cerebro después de babel sido rechazado como amante par su antiguo amigo, el famoso pacta W. H. Auden. Años antes, Auden le había rechazado par un joven. (Después me enteré de que había formado parte de una aventura homosexual que incluía a Auden, el escritor Christopher Isherwood y otros destacados intelectuales y artistas.) Layard continuó relatando cómo volvió a su cuarto, se puso una pistol a en la boca y apretó el gatillo. Cuando volvió en sí, pensó primero que se encontraba en el cielo, pero pronto se dio cuenta de que estaba vivo porque sintió dolor y estaba sangrando abundantemente. Evidentemente la bala no dio en su cerebra pero le hizo un agujero en el cráneo, una especie de autotrepanación.

Poco después de esta revelación (no me clio ninguna oportunidad de hablar sobre mí mismo), Layard comenzó a recorrer mi muslo con la mano. Como respuesta, me levanté y salí de la habitación. Al día siguiente, charlé con Laing del incidente y le reproché haberme derivado a Layard en lugar de haberme atendido él. Entonces me sugirió ver a Marion Milner, una analista senior que había escrito mucho de sus trabajos con artistas. Ella, a su vez, me derivó al doctor Norman Cohen, con quien realicé un largo, y productivo análisis.

Se puede decir "bien está lo que bien acaba", pero la broma que me gastó Laing, me dejó muy sacudido. Años más tarde, la misma burla se convirtió en "metabroma" que salió a la luz tras la muerte de Laing y después de que se hubieran publicado varias biografias sobre él. Una de ellas fue escrita par Bob Mullan, profesor de estudios sociales aplicados en la Universidad de Wales en Swansea. Basaba su relata en entrevistas con Laing realizadas y grabadas en 1988. En esa época, Laing relató a Mullan una historia completamente falaz sobre mi incidente con Layard. Esa fue la "metabroma" que llegó desde más allá de la tumba. Mullan la utilizó en su obra (Mad to be norma/: conversations with R. D. Laing) y otros biógrafos repitieron el pasaje sobre la perogrullada de Laing.

En la primera ocasión me sentí paranoide y desequilibrado, la segunda entre enfadado y extrañiamente divertido. ¿Era yo tan importante para que Laing mintiera sobre mi? ¿Era consciente Laing de la desgracia que estaba perpetrando? ¿O el relata era un ejemplo más de engaño indiferenciado sin conciencia y sin relacionar?

Entonces me vina la idea: ¿Quién era el embaucador, Laing o yo mismo? ¿Por qué habría alguien de creer mi historia, salvo log que conocieran el orificio de bala de Layard? ¿Y si utilizara yo este relata para equilibrar el tanteo?

Aún más importante, ¿puede transformarse en alianza una burla con el paso del tiempo? Retrospectivamente, Laing me hizo un favor rechazando mi deseo de que se hiciera cargo de mi análisis. Prefirió alejarse de mí, lo que me ayudó a embarcarme en el doloroso proceso de desidealizarle y aprender a pisar mi propio terreno.

Es posible que la última alianza fuera hacerme saber que yo le importaba, aunque para ello tuviera que inventarse una historia sobre el encuentro "antiterapeutico".



Joseph H. Berke
Traducción: Isabel Sanfeliu
Clinica y Análisis Grupal - 2003 - N° 90
© Imago Clinica Psicoanalitica ISSN 0210-0657
Vol. 25 (1) Pags. 009-012

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